30.9.08

Empezar.


Esta mañana he empezado las clases. Ayer mismo me instalé por fin en el piso de Elche. La verdad es que, aunque era consciente de que al venir aquí las cosas que tenía hasta ahora cambiarían, también me excitaba la idea de pensar todo lo que me podría esperar aquí. Bien, ha llegado la hora de comprobarlo, tanto para bien, como para mal.

Hasta el momento, buen comienzo. Con los compañeros hay buen rollo y, increíble pero cierto, ya sé dónde está el edificio de periodismo (gracias a ellos, claro). Y tengo ya localizado un supermercado para no morir de hambre y un banco, para poder ir al supermercado.

Ahora falta ver como avanza todo. Ya ves, así somos las personas; siempre estamos esperando para ver cómo transcurre algo que todavía no ha pasado. Al menos la carrera parece interesante. Tal vez me cueste seguir el ritmo, estar tan informada de todo lo que pase a mi alrededor (con lo olvidadiza y despistada que soy yo), pero habrá que intentarlo, ¿no? Al menos sé que en este curso voy a tener una asignatura que sirva para mejorar la expresión y la redacción. ¡Sí!

Y ahora a dormir, o mañana volveré a protagonizar el ataque de los zombies.

1.9.08

(No) Va de superhéroes.


El otro día, me paré a pensar porqué siempre acaban decepcionándonos las personas que nos importan y, tras algunas cavilaciones, llegué a una simple conclusión; porque las queremos.

¿Tiene sentido? Vale, a primera vista no. Pero párate a pensar: cuando alguien te hace una jugarreta y no te importa esa persona, te jode, claro que te joder. Pero dime, ¿acaso no te hubiera dolido más si esa jugarreta en cuestión te la hubiese hecho tu mejor amigo? O tu pareja, o tus padres, o quien quiera que sea esa persona importante para ti. Sí. Claro que hiere más. Eso es porque queremos a esa persona. La queremos y, por lo tanto, le exigimos más de lo que le exigiríamos a cualquier otra. Todos y cada unos de sus actos tienen relevancia para ti y por eso no esperes que te falle. La idolatras, la subes en un pedestal tan alto que, cuando comete un error, la caída es tan grave que deja cicatrices. Y las cicatrices ya no desaparecen. La herida puede curar, sí, pero la cicatriz seguirá ahí. Puede que por eso nos sintamos tan decepcionados cuando nos damos cuenta de que esa persona no es como nosotros habíamos fantaseado que fuera.

Eso es lo malo de las relaciones afectivas, que el amor, sea del tipo que sea, es bueno, pero también daña. Y con eso no quiero decir que el amor no esté bien. No. El amor es fabuloso, es una de esas cosas que, por alguna razón que no sabes explicar pero que conoces, mueve el mundo. Lo que quiero decir es que, de una forma u otra, condenamos a las personas que amamos. Las condenamos a decepcionarnos tarde o temprano.

Por eso es conveniente ser consciente de que no existen los superhéroes. Nuestros seres amados son personas físicas y reales, con fallos, con equivocaciones, que cometen errores. No tienen superpoderes y no están diseñados para cumplir la función específica de hacernos felices toda la eternidad. Habrá un momento en que te fallen. En que los necesites, tal vez más que nunca y te fallen. Igual que tú les acabarás fallando a ellos. Supongo que en el fondo es como una cadena.

La cadena del error, la podríamos llamar. Pero como en toda cadena, a veces hay eslabones que se rompen o se descomponen. Eslabones que, una vez sueltos, ya no vuelven a encajar. A veces pienso que todos deberíamos estar concienciados de eso, para que el momento no nos pille por sorpresa. Pero siempre lo hace, tal vez lo veas venir, pero te acaba sorprendiendo igualmente. No se puede estar preparado para ese momento, pero quizá ser conscientes de que todos erramos y de que nadie es perfecto, venga bien para aceptar con la máxima naturalidad posible que, si esa persona acabó fallando, es solo por el hecho de que es humana. Los humanos cometen errores. Tú mismo lo eres, los cometes. Deberías entenderlo.