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26.11.09

El día en que nada es suficiente


Es así, un día te levantas y sientes que ya no te basta. Todo. Todo aquello que un día bastó, aquello con lo que decidiste conformarte un día, ya no es suficiente. Y entonces te preguntas el porqué lo que desde un principio te pareció lo justo, ya no te sabe tan bien. Y encuentras la respuesta en tu egoísmo, en la evolución de tus necesidades.

Ya no es suficiente porque has decidido no conformarte. Y ahora lo quieres todo. Y eso, como ya sabes, es mucho pedir. Nunca se puede tener todo, esa es una palabra que abarca algo demasiado grande. Tan grande, que ni tú misma puedes rodearlo con tus brazos. Y eso te hace sentir frustrada.

Tus necesidades, o lo que tú crees que son tus necesidades, te van a acabar asfixiando. Y lo mucho puede llegar a parecerte poco. Insuficiente. Y eso, como sabes, puede y va a resultar fatal.

Pero el conformismo no es la solución; nunca lo es. La solución es buscar el equilibrio y, como seguro que no lo vas a encontrar, porque el equilibrio es imposible (tal como decía el tatuaje de una chica que conocí en clase), lo máximo que puedes tratar de hacer es mantenerlo a tu manera, y ver si eso te sirve.

Si no, siempre puedes calentarte la cabeza, que parece ser lo que mejor se te da hacer.

24.7.09

Acabar.


Es triste darte cuenta de que todo lo que te rodea: tus familiares, tus amigos, tu primer amor (o el último), tus sueños, tus planes, tus recuerdos, tus ideas, tu tiempo…tu todo, algún día desaparecerá. Porque nada dura eternamente. Porque “para siempre” es la más inútil de todas las expresiones inventadas por el hombre. Porque es falsa; supongo que por eso la utilizamos. Todo acabará, hasta tu vida. Hasta tú.

No estoy diciendo que haya que vivir amargado, pensando en eso constantemente, pero, ya que es un hecho, conviene tenerlo presente si no quieres llevarte más de un disgusto. Sólo eso.

Dicen que nada acaba mientras haya alguien que lo recuerde. No obstante, ¿de qué me sirve recordar algo que ya no está? ¿Para saber que existió? ¿Qué existió y ya no existe? Es bueno conservar los recuerdos, al fin y al cabo, parte de ti está hecha de ellos. Pero eso no significa que no pesen; a veces, incluso demasiado.

Es triste saber que todo lo que te rodea desaparecerá, sí. Pero más triste todavía es no saberlo. Cerrar los ojos, ignorarlo y que el día en que llegue el fin de algo, no sepas cómo aceptarlo.

Todo termina, tarde o temprano. Y es casi imperdonable que yo, que creía tenerlo presente y asumido, todavía me siga sorprendiendo.

30.4.09

Sobre el amor y cambio.


A veces, tengo la extraña sensación de que las personas comprendemos las cosas más simples cuando ya es demasiado tarde, cuando ya no hay tiempo. Cuando el amor, el desamor, y todo lo que éstos conllevan, ya han terminado. Otras veces, en cambio, hay cosas que comprendemos demasiado pronto. Y en ocasiones, comprender algunas de estas cosas asusta, pero reconforta. Nuestra propia visión no es universal, cada uno tiene sus creencias y sus ideales. Puede que los míos sean un tanto extraños, pero no por eso voy a dejar de exponerlos.

Y es que, con el tiempo, me percaté de que en los cuentos nunca decían por cuánto tiempo eran felices y comían perdices. Nunca. Jamás contaban los problemas que habían surgido a causa de la convivencia, ni los celos que sufrían los protagonistas, ni los enredos, ni los engaños. Ni siquiera las aventuras. No revelaban si la princesa finalmente se cansaba de la arrogancia del príncipe, o de si éste se hartaba de la perfección y sosería de la princesa. No narraban si éstos se enamoraban de un vasallo o, incluso, si se planteaban su condición sexual. En realidad no decían nada. Un final poco aclaratorio y carente de imaginación, ideado para los más simplistas. Pensado tal vez para los idealistas. Pero, ¿y después? ¿Qué pasaba después?

Así fue como dejé de creer en el amor, o, al menos, en la visión que la mayoría de gente tiene de él.

A lo largo de nuestra vida cambiamos constantemente, estamos sometidos al cambio durante cada segundo de nuestra existencia. Todos, hasta el mínimo de los detalles, produce una alteración en nosotros. Surge algo que antes no estaba ahí, reaparece algo que quizá ya había estado, muere algo que creíamos que iba a perdurar.

No existen las personas inertes. Con el tiempo, cada persona evoluciona. Da igual si el cambio la hace mejorar o empeorar. La cuestión es que está ahí; esa persona que tú creías conocer y que, de hecho, tal vez sí conocías, ya no es la misma. Ya no existe, salvo en tu imaginación y tu memoria. Y, en este caso, se pueden dar dos situaciones: una, te vas adaptando al cambio progresivo que dicha persona ha sufrido. O dos, te estancas, y ambos/as os convertís en unos desconocidos. Tan sencillo como eso.

No existen personas para toda una vida, sino para momentos. Pequeños momentos que hacen grande nuestra existencia. Sí, compartir situaciones inesperadas. Algunas, que quizás ni habríamos podido llegar a imaginar.

Todo se desgasta, hasta el amor. Como decía Heráclito, "todo fluye, nada permanece". Nosotros fluimos. Puede que, en un determinado momento, consideres a alguien imprescindible para ti. Tal vez, creas y estés convencido de que, sin ese alguien, tu existencia ya no sería posible, no sería la misma. Bien, puede que te equivoques, al menos en una parte. En realidad, nadie es imprescindible para nadie. Todos vienen, se quedan y, tarde o temprano, se van. Y cuando se marchan tú y tu vida seguís ahí, de distinta forma, pero seguís. Puedes echar de menos a una persona hasta que te duela, pero no morirás en el intento. Recuerda que, después de esa persona, es probable que vengan muchas otras. O no. Momentos; la vida está llena de ellos. Momentos y personas, diferentes personas. Puede que encuentres a un mismo ser con quien compartir todos esos momentos o puede que, por el contrario, encuentres a muchos. Incluso tal vez es posible que no encuentres al adecuado.

Hay muchos tipos de amor, demasiados. Aunque, en realidad, nunca son suficientes. Los seres humanos nos necesitamos los unos a los otro, somos incapaces de de no crear vínculos o relaciones, sean de la clase que sean. Hasta la persona más independiente tiene amigos, familiares, alguien a quien amar o admirar.

No hay que ahogarse, las personas son eso; personas. Tú también eres una de de ellas. No permanecerás. Al menos, no para siempre. Debemos dejar de sentirnos asfixiados, de pensar que el mundo termina un día, con la marcha de alguna de esas personas. Habrán más, seguro. A veces te desenamoras volviéndote a enamorar. Otras en cambio, piensas que te enamoras demasiado a menudo, o demasiado poco, pero no es así.

La vida es un fluir de sensaciones. Habrá caprichos, aventuras, habrá amor. Pero la vida es muy larga y, a veces, nuestra misma forma de pensar muy corta.

Sin angustias. Todo pasa, todo cambia. Personas y momentos, de eso está hecha nuestra vida. Siempre rondará alguien por nuestra cabeza. Y si todavía no lo hace, paciencia, que llegará. Y puede que, con el tiempo. Ni siquiera siga siendo ese mismo alguien. Tendrás que esperar hasta que llegue ese momento. Sin angustias y sin presiones, pasará. Y tú estarás preparado o no para que pase, pero te acostumbrarás, y seguirás con tu vida, cambiando constantemente, cómo no.

La vida es vacío. Vacío que intentamos llenar con personas, experiencias y lugares. Nuestra vida es como una historia llena de capítulos, y nosotros la vamos escribiendo cada día. Aparecen, reaparecen y desaparecen personajes. Pero al final, siempre quedas tú. Tú y la historia que, sin prisa, pero sin pausa, vas viviendo.

Creo en el amor, estará ahí siempre, pero no espero que esté de la misma manera. Y espero estar preparada para cuando ese cambio tenga lugar porque, sin duda, llegará. Pero de no estarlo, no importa. Con el tiempo, o con el desarrollo de mi historia, tarde o temprano lo estaré.

Como ya he dicho antes, nuestras creencias no tienen porqué ser universales, ni mucho menos. Ni válidas para los demás. Pero estas son las mías por ahora. Dentro de unos meses, apuesto a que, probablemente, serán otras.

10.2.09

Regalar verdad.

Recuerdo que, hace unos meses, intenté hacerle un regalo diferente a una persona muy especial. Un regalo que no le haría a todo el mundo, ni siquiera a una milésima de una milésima de éste. Pero sí a ella. Quise regalarle la verdad, porque pensé que se la merecía.

La verdad; algo que casi nadie suele decir, salvo quizás en momentos puntuales. La verdad sobre lo que pensaba, sobre lo que sentía, sobre lo que yo era, o sobre lo que ella para mí. La verdad sobre lo que sabía y sobre lo que no sabía, incluso sobre lo que creía saber. Esa verdad que, en realidad, nadie desea saber. Precisamente por eso; porque es la verdad. Y la verdad es sólo eso. Con ella, muchas de las cosas que tal vez creíamos se van a pique. La verdad no tiene porqué ser agradable, fácil o sencilla de entender. La verdad es la verdad. Y nadie, no lo olvidemos nunca, absolutamente nadie, dice completamente la verdad. Jamás.

Si me preguntan si quiero escuchar una mentira o una verdad, dudo en responder, aunque realmente mi respuesta siempre será contraria a la que en realidad deseo.

Nadie debería pedir una verdad que no está preparado para escuchar. Y si lo hacen, deberían asumir las consecuencias, por duras que éstas sean.

Cuando le dije a esta persona lo que pensaba hacer, me dijo que prefería no saberla. Una vez dicho eso, me fue imposible revelársela. Luego, en cambio, se lo agradecí. Así que no se la dije. Ni siquiera intenté recordarla.

Tal vez, ni yo misma estuviera preparada para escucharla, aunque ésta saliese de mi boca.

10.12.08

Si no tardas demasiado, te esperaré para siempre.


Últimamente parece que siempre escriba de lo mismo; sobre amor. El tema empieza a cansarme, la verdad, pero qué puedo hacer yo si muchas de las cosas que se me ocurren están relacionadas con éste.

El caso es que el otro día, mientras reflexionaba el porqué me es imposible enamorarme, o de si alguna vez lo he estado, incluso de si sabría estarlo si se diera el caso, empecé a meditar si acaso los autores de las grandes narraciones de amor estuvieron alguna vez enamorados.

Y es que a veces, quien mejor puede hablar de un tema, es alguien que nunca ha estado metido en él, pero lo anhela tanto, lo teme y lo desea con tantas fuerzas, que es capaz de imaginar todo lo que algún día le gustaría poder sentir.

Aunque no lo haya experimentado nunca.

Tengo un amigo que dice que todo llega. Que después de un amor, con el tiempo, vendrá otro. La verdad es que en el fondo yo también creo eso. Por nuestra vida pasan demasiadas personas, y todas ellas tienen cualidades, características, virtudes y defectos que resaltar. Y tú tienes la posibilidad de disfrutar de ellos. ¿Cómo se puede pues, saber qué persona es la indicada? ¿Cómo decidir, entre tantas personas con tantas cualidades, tan sólo a una? Supongo que llegado el momento se sabe. Aunque no creo que nadie esté seguro de su elección al cien por cien. Pero sí, hay algo que te dice que es esa persona, que ella es la indicada para compartir un poco (o todo, eso ya depende de cada persona) de lo que eres.

En mi caso, parece que no aparece. Que sí, que no hay prisa, que ya llegará, pero en ocasiones me sorprendo pensando en que quizás ya es tarde. Tal vez pasó, y se fue. Puede que el corazón no muera cuando deja de latir; sino cuando sus latidos ya no tienen sentido. ¿Y si el mío murió hace tiempo? O, ¿y si nunca estuvo vivo? A veces dudo hasta de eso. No sé, puede que todo eso, sólo sean pensamientos absurdos, o que realmente los recuerdos pesen más que las esperanzas, y esto me impida experimentar lo que el resto de mortales.

Se supone que la juventud está llena de historias que te marcan; enamoramientos posibles e imposibles. Que alguien me diga dónde están los míos. La cuestión es que el amor se respira en todas partes, y si tú no lo sientes, realmente puedes llegar a agobiarte.

En fin, ya que parece no tener prisa en llegar, tendré que escribir una de esas historias que te hacen vivir, aunque seas solo unas pocas horas y no en tus propias carnes, eso que todos parecen querer conseguir; un amor complicado, y que deje huella.

27.11.08

Momentos.


Una mirada de complicidad, una sonrisa dirigida expresamente a ti, un abrazo en el que ambas os fundís, un momento. Tan sólo la fragilidad de ese momento. No te acostumbres. No lo hagas, lo digo por tu bien.

El contacto humano es tan diverso como efímero. No intentes aferrarte demasiado a quien abrazas hoy, porque puede que no sean tus brazos los que la rodeen mañana.

Momentos, la vida está hecha de ellos. Buenos, malos ,extraños, eternos, fugaces...pero no son más que eso. Y después de uno, viene otro. No te estanques en alguno que ya ha haya pasado. Vino, estuvo y se fue. No, no te esfuerces; no volverá. Ni ella con él. Ni lo que sentía, ni lo que sentías tú, ni siquiera lo que sentía cualquier otro. Fin. Fin del momento, y a por otro.

No te claves en ninguno de ellos, por mucho que éstos se claven en ti. No lo hagas porque, aunque sigan presentes en tu cabeza, no volverán, tu espera se hará inútil, y correrás el riesgo de dejar pasar otro momento. Puede que te interese más o menos pero seguro que aprendes de él. Siempre lo haces, aunque tú no te des cuenta.

Momentos. Disfrútalos, súfrelos, sé víctima o benefactor de ellos. Vívelos pero, por encima de todo, limítate a sentirlos.

13.10.08

Sonrisas de payaso.


A veces pienso que la mayor parte de la gente—y me incluyo en esa mayoría-somos como los payasos. ¿Por qué? Muy sencillo, porque nos pintamos enormes sonrisas en el rostro. Las dibujamos en nuestra caras de manera que, aunque en ese momento sintamos ganas de gritar de rabia, la sonrisa no desaparezca, y nadie note como nos sentimos de verdad. Y van pasando las horas, los días, las semanas, y nosotros seguimos con nuestra sonrisa impasible, fingiendo. Regalándole al mundo sonrisas torcidas, distorsionadas. Y nos esforzamos tanto en mantenerlas, que nos olvidamos de cómo se esbozaban las demás.

Y salimos a la calle a hacer el payaso mientras, tal vez por dentro, nos vamos muriendo un poco más. Pero no importa, ¿no? La gente te habla, te saluda, y tú le enseñas la sonrisa más falsa que puedas esbozar, sólo para esa persona, tu mejor sonrisa dedicada.

Tan sólo cuando llegas a casa ,te das cuenta de que te duele la mandíbula, y borras tu sonrisa para vivir tu soledad. Para comportarte como realmente te apetece. Y miras el reloj, contando las horas que te quedan para volverte a maquillar. Para esconder, una vez más, aquello que en el fondo nadie quiere ver; cómo te sientes en realidad.

1.9.08

(No) Va de superhéroes.


El otro día, me paré a pensar porqué siempre acaban decepcionándonos las personas que nos importan y, tras algunas cavilaciones, llegué a una simple conclusión; porque las queremos.

¿Tiene sentido? Vale, a primera vista no. Pero párate a pensar: cuando alguien te hace una jugarreta y no te importa esa persona, te jode, claro que te joder. Pero dime, ¿acaso no te hubiera dolido más si esa jugarreta en cuestión te la hubiese hecho tu mejor amigo? O tu pareja, o tus padres, o quien quiera que sea esa persona importante para ti. Sí. Claro que hiere más. Eso es porque queremos a esa persona. La queremos y, por lo tanto, le exigimos más de lo que le exigiríamos a cualquier otra. Todos y cada unos de sus actos tienen relevancia para ti y por eso no esperes que te falle. La idolatras, la subes en un pedestal tan alto que, cuando comete un error, la caída es tan grave que deja cicatrices. Y las cicatrices ya no desaparecen. La herida puede curar, sí, pero la cicatriz seguirá ahí. Puede que por eso nos sintamos tan decepcionados cuando nos damos cuenta de que esa persona no es como nosotros habíamos fantaseado que fuera.

Eso es lo malo de las relaciones afectivas, que el amor, sea del tipo que sea, es bueno, pero también daña. Y con eso no quiero decir que el amor no esté bien. No. El amor es fabuloso, es una de esas cosas que, por alguna razón que no sabes explicar pero que conoces, mueve el mundo. Lo que quiero decir es que, de una forma u otra, condenamos a las personas que amamos. Las condenamos a decepcionarnos tarde o temprano.

Por eso es conveniente ser consciente de que no existen los superhéroes. Nuestros seres amados son personas físicas y reales, con fallos, con equivocaciones, que cometen errores. No tienen superpoderes y no están diseñados para cumplir la función específica de hacernos felices toda la eternidad. Habrá un momento en que te fallen. En que los necesites, tal vez más que nunca y te fallen. Igual que tú les acabarás fallando a ellos. Supongo que en el fondo es como una cadena.

La cadena del error, la podríamos llamar. Pero como en toda cadena, a veces hay eslabones que se rompen o se descomponen. Eslabones que, una vez sueltos, ya no vuelven a encajar. A veces pienso que todos deberíamos estar concienciados de eso, para que el momento no nos pille por sorpresa. Pero siempre lo hace, tal vez lo veas venir, pero te acaba sorprendiendo igualmente. No se puede estar preparado para ese momento, pero quizá ser conscientes de que todos erramos y de que nadie es perfecto, venga bien para aceptar con la máxima naturalidad posible que, si esa persona acabó fallando, es solo por el hecho de que es humana. Los humanos cometen errores. Tú mismo lo eres, los cometes. Deberías entenderlo.