7.9.09

Si tengo que salir de tu vida


Si tengo que salir de tu vida, espero no hacer demasiado ruido. Desvanecerme, como aquellas promesas que, tantos e ilusos de nosotros, nos hicimos un día.

Si tengo que salir de tu vida, espero no tener nunca ganas de volver a entrar. Probablemente, ya será tarde.

Si tengo que salir de tu vida, no quiero que pienses en mí como alguien que estuvo de paso, y luego se fue. Alguien que no quiso quedarse.

Si tengo que salir de tu vida, prefiero que pienses que jamás existí. Pues no me gustan los recuerdos. Especialmente, los del corazón.

Si tengo que salir de tu vida, olvida que estuve. Qué soy y qué fui. Que un día fui contigo, y ahora soy sin ti.

Si tengo que salir de tu vida, muéstrame el camino. Enséñame la salida. Y una vez fuera, cierra con llave, y sé feliz.

6.9.09

Borradores


¿Recuerdas aquél borrador verde, en el que grabaste tus iniciales junto a las mías? Es el mismo que utilicé para borrarte de mi vida.

Así, pum. Visto y no visto. Como si nuestra historia no fuera más que un cúmulo de palabras que se pueden borrar. Como si nada de esto hubiese ocurrido. Como algo que no vale la pena, o que, por el contrario, la valió demasiado como para querer recordarlo durante toda una vida; y ten en cuenta que ésta es la única que tengo.

Fue bonito, y especial, mientras duró. Después, vacío. Tuvo que ver con el tiempo, que acaba por emborronar los destinos escritos en lápiz. No debimos hacerlo; eso ya te lo dije.

Todavía se me escapan las lágrimas, caprichosas, cuando pienso en lo que fue y pudo haber sido. De nada sirve buscar las palabras adecuadas para decirlo, si ni siquiera sabes realmente lo que quieres explicar. Yo no lo sé. Ni porqué te escribo, tampoco. A ti, que nunca vas a leer nada de esto. A mí, que nunca he sido ni he querido ser consciente de mi sinrazón. De esa que me hace libre, mientras me conduce de cabeza hacia el abismo de la infelicidad.

Emociones que amenazan con desbordar por los límites de mi corazón. Hasta encontrar lo poco de cordura que me queda, para arrastrarla con ellas también. Nada sirve, si no estás tú para compartirlo conmigo. Nada seguiría sin servir, aun que lo estuvieras.

Desde entonces, odio los borradores porque, cada vez que veo un espacio en blanco, me imagino que lo nuestro ha estado escrito ahí. O que podría haberlo estado. Y el ser consciente de ello, sólo hace que me den ganas de destruir todas esas estúpidas gomas de borrar, que de tan poco sirven, pues lo único que consiguen es hacerme recordar. Ya que, desgraciadamente, no desaparece lo que se inscribe en el corazón.

¿Recuerdas aquél borrador…? ¿Pues sabes qué? A la mierda con los borradores.

21.8.09

El miedo también cabe en la maleta.


No importa cuan segura te sientas de ti misma y de tus capacidades. Ni lo convencida que estés de que has crecido, de que ya no tienes miedo, y de que la independencia o te asusta; te encanta.

Da igual lo que creas, siempre te acabarás sorprendiendo. A ti misma y a los demás. Pero, ¿acaso no es el miedo algo natural en el ser humano? Ten miedo, no pasa nada, es normal. Pero no te dejes vencer por él, eso nunca. Sea lo que sea que te espere por delante, hazle frente. Te las apañarás, de una forma o de otra. Y recuerda que desperdiciar oportunidades no es precisamente algo aconsejable. Y más aún cuando no sabes si volverán a presentarse.

Todo saldrá bien. O no. Pero no puedes seguir escondiéndote bajo la manta como cuando eras una niña, y algo te daba miedo. Espabila. Haz las maletas y prepárate para lo que venga. Y desconecta. Cuando vuelvas, tu vida te seguirá esperando, y seguro que tienes el tiempo suficiente como para aburrirla.

Vive lo que venga, pero vívelo.

17.8.09

Volver a empezar (otra vez).


Ayer estuve en Elche, colocando mis cosas en mi nueva habitación. Tengo balcón, y en él voy a tener plantas (¡por fin!), así que voy a tener algo que cuidar (o morirán); lo que implica una (pequeña) responsabilidad. Bueno, es un buen comienzo. Así que voy a tener que cuidar de alguien más que de mí misma, a ver si con esto de las plantas entreno. Es estúpido, pero oye, que para mí es un gran paso. Si consigo que no se me mueran en todo el año, me sorprenderé mí misma y todo.

Además, no seré yo sola la que ocupe la habitación. Por primera vez, he cedido un poco de mi espacio íntimo y personal (y además, muy gustosa de haberlo hecho), para compartirlo con otra persona, en vez de ocupárselo yo. Ves, eso sí es un gran paso. Puede que inconscientemente haya sacado lo de las plantas para quitarle un poco de peso a ese asunto que hasta a mí, y especialmente a mí, me parece sorprendente. No sé, pero la cuestión es que me siento bien. O más que bien. Feliz.

También tengo que estudiar para los exámenes de septiembre, prepararme las pruebas de nivel de la escuela de idiomas, acabar la mudanza (que se dice pronto), hacer los exámenes que acabo de citar, matricularme (tanto en la universidad, como en la escuela de idiomas), preparar mi viaje a Malta, e irme para allá. A pasar tres semanas en un país desconocido para mí, con gente desconocida, y con un idioma que no domino y que apenas conozco (muy triste, sí). Y sé que me dejo cosas.

Así que en estos momentos, mi cabeza está dando vueltas en una montaña rusa, y creo que viaja a demasiada velocidad. Y sé que, para una persona como yo, muchas de estas pequeñas cosas pueden llegar a suponer grandes desafíos.

Por eso me sorprende que, entre tanto caos, encuentre tanta paz.

11.8.09

Éxtasis.


Mírame. Quiero que leas en mis ojos que quiero que te quedes esta noche. Que intuyas en mis labios que deseo que me toques. Que huelas en mi piel que anhelo el placer.

Tira a un lado tu chaqueta, acércate, y arráncame la ropa; esta noche no la necesito. Muérdeme, provócame escalofríos. Hazme temblar. Esta noche quiero pasarla contigo.

Me muero porque vivas dentro de mí, tan sólo esta noche. Te dejaré probar aquello que muchos otros han deseado encontrar. Acaríciame, juega conmigo, hasta que se nos agoten los huesos. Hasta que no podamos más. Desbordemos el éxtasis hasta el final.

Átame si lo deseas, pero no me amordaces, porque además de gritar, voy a utilizar mi lengua para hablar un idioma que todavía desconoces. Déjame mostrártelo, que guíe tu mano, y que te acompañe por el camino de llamas que lleva hasta el frenesí.

Sin frenos. Hoy quiero arder y consumirme. Aguanta, quiero perder la consciencia en mitad da tanta excitación, quiero quedarme sin fuerzas, desatar mi furia y convertirla en gozo.

Cansarme tanto que se me nuble la mente. Hasta que olvide que son tus manos las que recorren mi cuerpo, y no las de él.

24.7.09

Acabar.


Es triste darte cuenta de que todo lo que te rodea: tus familiares, tus amigos, tu primer amor (o el último), tus sueños, tus planes, tus recuerdos, tus ideas, tu tiempo…tu todo, algún día desaparecerá. Porque nada dura eternamente. Porque “para siempre” es la más inútil de todas las expresiones inventadas por el hombre. Porque es falsa; supongo que por eso la utilizamos. Todo acabará, hasta tu vida. Hasta tú.

No estoy diciendo que haya que vivir amargado, pensando en eso constantemente, pero, ya que es un hecho, conviene tenerlo presente si no quieres llevarte más de un disgusto. Sólo eso.

Dicen que nada acaba mientras haya alguien que lo recuerde. No obstante, ¿de qué me sirve recordar algo que ya no está? ¿Para saber que existió? ¿Qué existió y ya no existe? Es bueno conservar los recuerdos, al fin y al cabo, parte de ti está hecha de ellos. Pero eso no significa que no pesen; a veces, incluso demasiado.

Es triste saber que todo lo que te rodea desaparecerá, sí. Pero más triste todavía es no saberlo. Cerrar los ojos, ignorarlo y que el día en que llegue el fin de algo, no sepas cómo aceptarlo.

Todo termina, tarde o temprano. Y es casi imperdonable que yo, que creía tenerlo presente y asumido, todavía me siga sorprendiendo.

18.7.09

Aprender.


Siempre que me pierdo (y mira que eso me pasa a menudo), recuerdo las palabras de una amiga: “Tú no sabes ser feliz”. Y lo peor de todo es que tiene razón. Pero, ¿acaso alguien sabe? Porque de ser así, no estaría mal que me lo explique.

Así que, si alguien puede contestarme lo siguiente, y además, con valor universal (no con el suyo propio), se lo agradecería. Bien, esto es:

1.- ¿Qué es ser feliz?
2.- ¿Cómo se puede ser feliz?
3.- ¿Cómo se mantiene la felicidad?

Y por favor, nada de respuestas superfluas o típicas.

Porque claro, supongo que (y creo no suponer demasiado) todos somos o hemos sido felices en determinados momentos u ocasiones, sí. Pero yo me refiero a ser feliz permanentemente. No del todo, tampoco me refiero a ser una persona sonrisa-payaso. Simplemente, no dejar que la felicidad nos asustes, nos agobie, nos confunda, o no nos deje pensar con claridad. Que esa felicidad no se torne contra nosotros a la primera de cambio. Que no nos aflija ni nos condicione.

¿Cómo demonios se consigue eso? ¿Y por qué nadie me lo ha explicado aún?

29.6.09

Impotencia.


Frente a ella, una mujer magullada, llena de moratones. “¿Por qué no le dejas?”, le pregunta llorando al espejo.

2.6.09

No hacer nada.

Dicen que uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde. Desgraciadamente, sé que tarde o temprano comprobaré que, en muchos casos, esta frase es cierta. Lo sé, y no hago nada útil para evitarlo. Y lo peor de todo es que ni siquiera mi conciencia sirve para que reaccione.

Es el momento de estudiar. Debería estar haciéndolo, maldita sea.

Observo los días pasar, y les despido con la mano. Adiós tiempo, adiós. No hago nada por retenerte y, cuando me faltes, me desesperaré por no haberte demostrado cuánto te necesitaba.

19.5.09

(Des) Cuidar.


Ella le quería, claro que sí. Y mucho, además. Pero un día, cansada de pintar sonrisas que se desteñían cuando él apagaba la lámpara de la mesilla de noche, lo abandonó. Aunque tampoco hizo exactamente eso. Le dejó una nota, y una bandeja con un poco de pollo para calentar en el microondas. Lo que no dejó fue su cepillo de dientes, ni su ropa, ni sus libros. Ni nada que por lo que tuviera que volver, más tarde o más temprano. Tanto se esforzó por no dejar cosas atrás, que hasta le hizo un hueco a su corazón en la maleta. Y costó más de lo que había pensado plegarlo y meterlo allí dentro. Al principio, le faltaba el aire, como si fuese a ahogarse en cualquier momento. Sin embargo, nada más cruzar la puerta del rellano sintió como una bocanada de aire fresco. Tan placentera fue, que hasta llegó a plantearse si finalmente el corazón se había echado atrás, había abierto la maleta, y se había vuelto a meter en la cama, cubierto totalmente con las sábanas, como si estando allí nada malo pudiera pasarle. Pero no, ella no le había dicho la combinación. La había pensado a conciencia, para asegurarse de que, en última instancia, no se arrepentiría de ir en busca de su libertad.

Él era bueno, jamás diría lo contrario. Ese no era el problema. Era descuidado, eso sí. Tanto, que hasta suspendió en el amor. Y, al igual que muere un pez si se le da más o menos comida de la que necesita, murió esa llama que un día la había quemado por completo. Ese sentimiento que le hizo perder la cabeza por él. Ese que la había hecho creer que es posible ver a la misma persona por la mañana, por la tarde, y por la noche, sin que la vista acabe tan cansada, que hasta duela mirar a esa persona.

Ahora, ese mismo sentimiento la ahogaba, la retenía y la anulaba. Tanto, que incluso a veces se planteaba si realmente sería tan invisible para los demás como lo era para ella misma, cuando se miraba al espejo. Ni siquiera era capaz de recordar cuándo o en qué momento empezó todo. Quizás fue la primera vez que ella le enseñó algo que había escrito y él la ignoró. O tal vez en una de las muchas ocasiones en las que se ponía a divagar. Él la oía, pero no la escuchaba. Ella podía verlo con total claridad. Puede que fuera una de tantas veces que no supo leer en sus ojos lo que sentía. La tristeza, la felicidad, o el miedo que a menudo se reflejaba en sus límpidas pupilas marrones. Tal vez, una de esas noches en las que se sentía extraña, y él no era capaz de comprender que, en realidad, estaba perdida. Que siempre lo había estado y que, en realidad, sólo buscaba a alguien que tirase de su mano con delicadeza, y se ofreciera a buscar un camino junto a ella, mientras hablaban de cosas banales. Sin más.

Pero el motivo que lo empezó, o incluso el que lo acabó, el detonante que hizo que, un sábado por la mañana ella se levantara y decidiese salir en busca de no se sabe bien qué (no, ni ella misma lo sabía), ya no importaba. El caso es que ahora caminaba sola por la calle, cargada con una maleta y el bolso de mano, con dirección a la próxima parada de autobús. Mientras, en el cielo, empezaba a chispear. Y el casi imperceptible sonido de la lluvia al chocar contra la acera, ahogado por el estruendoso sonido de la maleta, le parecía hermoso. Tanto que, por un momento, deseó tener el tiempo suficiente como para poder observar cada una de las gotas que caían en el suelo, conciente de que cada una de ellas era única; no existían dos iguales. Y entonces, un par de lágrimas se desprendieron de sus ojos, recorriendo lentamente su mejilla. Aquellas lágrimas también eran únicas, y por un momento, deseó que él se hubiera fijado en eso. Que, al igual que ella, hubiera sentido esa necesidad de pararse a observar, de dedicarle un poco de tiempo. A ella, que jamás se cansaba de mirarlo. Despierto, o dormido. Mientras reía, o se concentraba, el momento daba igual. Cualquier excusa era buena para sonreírle en cualquier momento, cuando él volviera a reparar en su existencia.

Sólo necesitaba eso; sentirse importante, quizás hasta interesante. Justo como ella le veía a él, y todo lo que éste pudiese hacer. Pero eso jamás ocurrió. No durante más de un día seguido, si es que había suerte. Y, al igual que los peces, al igual que esas gotas que nadie se paraba a observar o, al igual que la comida puede estropearse si uno olvida ponerla a la nevera, ese amor murió. Se estrelló contra el suelo y se estropeó. Caducó, y dejó de tener sentido. La soledad empezó a pesar demasiado y ahora, ella tan sólo caminaba. Sin ningún destino claro ni dirección, pero hacia delante, rumbo a su libertad, estuviera donde estuviese. Pero sobre todo, prometiéndose a sí misma que, si la encontraba, no se permitiría el lujo de descuidarla ni dejarla pasar. No mientras le importara retenerla a su lado. Eso jamás.

12.5.09

Calor.


Muérdeme los labios, y no pares hasta que me duelan. Apaga la luz, y deja que mis dedos recorran cada centímetro de tu piel. Nos leeremos en braille hasta que asome el amanecer. Después, con los primeros rayos de sol, puedes bajar la persiana. Fingiremos que el tiempo se ha detenido, suspendido en un momento; ese preciso momento, a nuestra merced. Jugaremos con las normas de la existencia y desafiaremos las leyes de la gravedad. Créeme, abandónate conmigo y después, nos volveremos a reinventar. Caricias, roces, calor. Deja que te susurre al oído cuánto deseo probar estas palabras. Tengo hambre, hambre de ti, pero no te preocupes, no te voy a comer. Tan sólo deja que te saboree. Hoy, ahora, en este preciso instante, hagamos que el siempre sea esta noche.

Y después, cuando, exhausta, caiga rendida sobre la cama, y me sumerja en un cálido sueño, no te quedes a mi lado por miedo a hacer ruido. Cuando me despierte y abra los ojos, posiblemente tu cara sea lo último que desee ver. Seguramente, después de un buen café, ni siquiera me acuerde de tu nombre, tampoco creo que a ti te importe demasiado que no te dijese el mío. Así que vete, no dejes ninguna nota. No hagas mucho ruido al salir y cierra la puerta con cuidado, por favor. Al fin y al cabo la eternidad a veces dura lo que dura un orgasmo. Y llegado ese momento, yo ya habré alcanzado el fin de la inmortalidad.

11.5.09

Miedo.


Su familia, ajena a todo, lo amaba. Ella ya no, hacía tiempo que no. Por eso, cuando se presentaba a las puertas del trabajo a esperarla, con los ojos inyectados en sangre, ella sentía ganas de gritar. Pero, en vez de eso, le tomaba la mano y rezaba para que alguien tirase de la que le quedaba libre.

30.4.09

Sobre el amor y cambio.


A veces, tengo la extraña sensación de que las personas comprendemos las cosas más simples cuando ya es demasiado tarde, cuando ya no hay tiempo. Cuando el amor, el desamor, y todo lo que éstos conllevan, ya han terminado. Otras veces, en cambio, hay cosas que comprendemos demasiado pronto. Y en ocasiones, comprender algunas de estas cosas asusta, pero reconforta. Nuestra propia visión no es universal, cada uno tiene sus creencias y sus ideales. Puede que los míos sean un tanto extraños, pero no por eso voy a dejar de exponerlos.

Y es que, con el tiempo, me percaté de que en los cuentos nunca decían por cuánto tiempo eran felices y comían perdices. Nunca. Jamás contaban los problemas que habían surgido a causa de la convivencia, ni los celos que sufrían los protagonistas, ni los enredos, ni los engaños. Ni siquiera las aventuras. No revelaban si la princesa finalmente se cansaba de la arrogancia del príncipe, o de si éste se hartaba de la perfección y sosería de la princesa. No narraban si éstos se enamoraban de un vasallo o, incluso, si se planteaban su condición sexual. En realidad no decían nada. Un final poco aclaratorio y carente de imaginación, ideado para los más simplistas. Pensado tal vez para los idealistas. Pero, ¿y después? ¿Qué pasaba después?

Así fue como dejé de creer en el amor, o, al menos, en la visión que la mayoría de gente tiene de él.

A lo largo de nuestra vida cambiamos constantemente, estamos sometidos al cambio durante cada segundo de nuestra existencia. Todos, hasta el mínimo de los detalles, produce una alteración en nosotros. Surge algo que antes no estaba ahí, reaparece algo que quizá ya había estado, muere algo que creíamos que iba a perdurar.

No existen las personas inertes. Con el tiempo, cada persona evoluciona. Da igual si el cambio la hace mejorar o empeorar. La cuestión es que está ahí; esa persona que tú creías conocer y que, de hecho, tal vez sí conocías, ya no es la misma. Ya no existe, salvo en tu imaginación y tu memoria. Y, en este caso, se pueden dar dos situaciones: una, te vas adaptando al cambio progresivo que dicha persona ha sufrido. O dos, te estancas, y ambos/as os convertís en unos desconocidos. Tan sencillo como eso.

No existen personas para toda una vida, sino para momentos. Pequeños momentos que hacen grande nuestra existencia. Sí, compartir situaciones inesperadas. Algunas, que quizás ni habríamos podido llegar a imaginar.

Todo se desgasta, hasta el amor. Como decía Heráclito, "todo fluye, nada permanece". Nosotros fluimos. Puede que, en un determinado momento, consideres a alguien imprescindible para ti. Tal vez, creas y estés convencido de que, sin ese alguien, tu existencia ya no sería posible, no sería la misma. Bien, puede que te equivoques, al menos en una parte. En realidad, nadie es imprescindible para nadie. Todos vienen, se quedan y, tarde o temprano, se van. Y cuando se marchan tú y tu vida seguís ahí, de distinta forma, pero seguís. Puedes echar de menos a una persona hasta que te duela, pero no morirás en el intento. Recuerda que, después de esa persona, es probable que vengan muchas otras. O no. Momentos; la vida está llena de ellos. Momentos y personas, diferentes personas. Puede que encuentres a un mismo ser con quien compartir todos esos momentos o puede que, por el contrario, encuentres a muchos. Incluso tal vez es posible que no encuentres al adecuado.

Hay muchos tipos de amor, demasiados. Aunque, en realidad, nunca son suficientes. Los seres humanos nos necesitamos los unos a los otro, somos incapaces de de no crear vínculos o relaciones, sean de la clase que sean. Hasta la persona más independiente tiene amigos, familiares, alguien a quien amar o admirar.

No hay que ahogarse, las personas son eso; personas. Tú también eres una de de ellas. No permanecerás. Al menos, no para siempre. Debemos dejar de sentirnos asfixiados, de pensar que el mundo termina un día, con la marcha de alguna de esas personas. Habrán más, seguro. A veces te desenamoras volviéndote a enamorar. Otras en cambio, piensas que te enamoras demasiado a menudo, o demasiado poco, pero no es así.

La vida es un fluir de sensaciones. Habrá caprichos, aventuras, habrá amor. Pero la vida es muy larga y, a veces, nuestra misma forma de pensar muy corta.

Sin angustias. Todo pasa, todo cambia. Personas y momentos, de eso está hecha nuestra vida. Siempre rondará alguien por nuestra cabeza. Y si todavía no lo hace, paciencia, que llegará. Y puede que, con el tiempo. Ni siquiera siga siendo ese mismo alguien. Tendrás que esperar hasta que llegue ese momento. Sin angustias y sin presiones, pasará. Y tú estarás preparado o no para que pase, pero te acostumbrarás, y seguirás con tu vida, cambiando constantemente, cómo no.

La vida es vacío. Vacío que intentamos llenar con personas, experiencias y lugares. Nuestra vida es como una historia llena de capítulos, y nosotros la vamos escribiendo cada día. Aparecen, reaparecen y desaparecen personajes. Pero al final, siempre quedas tú. Tú y la historia que, sin prisa, pero sin pausa, vas viviendo.

Creo en el amor, estará ahí siempre, pero no espero que esté de la misma manera. Y espero estar preparada para cuando ese cambio tenga lugar porque, sin duda, llegará. Pero de no estarlo, no importa. Con el tiempo, o con el desarrollo de mi historia, tarde o temprano lo estaré.

Como ya he dicho antes, nuestras creencias no tienen porqué ser universales, ni mucho menos. Ni válidas para los demás. Pero estas son las mías por ahora. Dentro de unos meses, apuesto a que, probablemente, serán otras.

7.4.09

Desorden.


Miras hacia tu estantería polvorienta. Los libros con que tanta ilusión compraste, o incluso aquellos que te regalaron para que pararas de repetir que los querías, siguen ahí, esperando que alguien (por ejemplo, tú) los abra.

No. Ahora ya no lees apenas, ni escribes. Ni siquiera piensas en hacerlo. Bueno, en realidad a veces sí, pero con pensarlo no solucionas nada.

Tampoco pintas, ni cantas, ni sales a pasear cuando llueve, a correr por las angostas calles como una idiota. Como si el mundo se acabara. Como si tu existencia se agotara con cada gota que choca contra la acera.

Ya no sonríes con la boca abierta. Esa risa natural y sincera que ahora puedes ver en fotos de tiempos pasados. Tampoco lloras, no en público. Y a veces notas que se te agotan las palabras.

Sales. Eso desde luego; sales mucho. Pero no lo haces con esas extraña seguridad, esa confianza que te deja mostrarte totalmente tal y como eres, sin más. Esa seguridad de que puedes tropezar tantas veces como quieras, o hacer la mayor barbaridad que se te ocurra en ese momento; ellos te conocen, saben como eres, y que a menudo necesitas hacer ese tipo de cosas porque sí. Que a veces te evades en tus silencios, te ausentas y observas a la gente de tu alrededor como si tú no estuvieras allí. Y de repente vuelves, más despierta que nunca.

No ordenas tu habitación y, por consiguiente, tu cabeza. Sabes desde siempre que para ti las dos cosas van unidas, por extraño que pueda parecerle a los demás. No vas a clase, a penas pasas por allí y, cuando vas, sientes que esa silla se le queda pequeña a tu cabeza. Sí, a tu cabeza. Por eso simplemente reposas allí el culo.

Has olvidado francés, inglés, y prácticamente a tus mascotas. Bueno, a ellas las recuerdas, pero no como se merecen; siguen vivas. Y, cuando vuelves a casa, notas que ya no encajas allí. Ni siquiera en tu ambiente. La verdad es que no sabes dónde encajas exactamente.

Y, como no, sigues sin saber lo que quieres. Pero en parte ya te has resignado; posiblemente, no llegarás a saberlo nunca.

Tus amigos te repiten que no te conocen, pero a ti no te hace falta escucharlo, ya lo sabes. Tú tampoco lo haces. Pero estás cambiando, ¿no? Lo preocupante sería que no lo hicieras. Significaría que estás viva, pero que has dejado de vivir. Y no. No es precisamente así como te sientes. Más bien, todo lo contrario.

Ya no haces casi nada de lo que hacías. Lo sabes. Y no es que todo aquello te disgustara, qué va. Por eso no entiendes nada. Pero lo mejor de todo es que, por una vez, tampoco te importa ni quieres entenderlo.

No haces casi nada de lo que hacías y, sin embargo, te sientes bien, lo estás y, además, no puedes parar de sonreír.